Sonidos Freaks

8 noviembre, 2005

Historia de una tarde triste

Filed under: People and society — varsao @ 0:43

 
Mi amigo Sebastián Musso vive en Mar del Plata. Fue testigo involuntario y hasta casi partícipe de toda la mierda del otro día en la Cumbre de las Américas.
Seba compartió con los amigos este relato de lo que vivió y de la impotencia que la gente como uno (los que no somos basura) sentimos al ver como esta lacra impone su ley.
Gracias, Seba.
 
—————
 
Historia de una tarde triste
 
Mar del Plata, viernes 4 de noviembre de 2005.
 
Son las 17 horas y salgo con el auto para visitar algunos clientes del trabajo de papá que temporalmente estoy haciendo yo. A las pocas cuadras por avenida Colón me encuentro con montones de micros estacionados junto a la plaza donde usualmente llevamos a pasear a Galileo, por estos días, convertida en un hospital de campaña con seis ambulancias en su interior, carpas, camiones sanitarios y mucha policía. Los micros eran de piqueteros que habían llegado hacia algunas horas a la ciudad en repudio a la presencia de Bush.
La bronca estaba, de todos, por recibir a quien consideramos un asesino, por rendir honores a quien manda a matar gente en otros países, quien abusa del poder de ser el presidente del país más poderoso del planeta. Pero hasta el momento, todo estaba en calma, la marcha con los manifestantes que habían viajado en el Tren del Alba durante toda la noche desde Buenos Aires había sido pacífica, el acto en el estadio Mundialista había tenido como único inconveniente la lluvia y entre canciones de Silvia Rodríguez y discursos
demagógicos se había expresado un pueblo en contra de una visita no deseada.
Crucé avenida Independencia con mi auto esquivando piqueteros que caminaban hacia el centro y entonces, una mezcla de curiosidad periodística con inconciencia se apoderó de mí y sin necesidad seguí por Avenida Colón. Ya en San Luis tuve que doblar obligado, la columna que se encaminaba hacia el vallado policial de calle Corrientes no dejaba ver entre los cuerpos a 100 metros más adelante. La radio del auto me decía que comenzaban los desmanes cuando no había llegado a mi destino aún, comercios cerrados que me invitaron a volver a casa a ver todo por televisión.
Estos días fueron para mí de largas horas frente a la televisión, con control remoto en mano, pasando por todos los canales informativos, nacionales, locales y extranjeros, tratando de no perderme nada de un momento histórico para la ciudad donde vivo. En definitiva fue eso, algo histórico. Treinta y un presidentes de todo el continente estaban
recorriendo mis calles, disfrutando de esos paisajes de la ciudad que recorro cada tarde. Independientemente que este de acuerdo con lo que cada uno de ellos haga, eran las personas que representaban a más de treinta países.
La televisión no mostraba manifestantes contra la violencia de estado ejercida por Bush desde su mandato como presidente re-electo de los Estados Unidos. Mostraba delincuentes que apedreaban a la policía y que comenzaban a quemar todo a su paso. Delincuentes que robaban combustible de la estación de servicio del ACA para hacer sus bombas, para romper primero las defensas del banco Galicia y luego prenderlo totalmente fuego. No podré olvidar fácilmente el llanto de una señora que vive en el edificio que está sobre el
banco, viendo impotente como la policía miraba de lejos, como los bomberos tardaron 45 minutos en llegar para extinguir las llamas, como esta gente tenía total impunidad para romper, quemar, robar, arruinar el trabajo y sacrificio de los que fueron 70 comercios con la sola credencial de un pañuelo que tape sus rostros y una bandera roja y negra de fondo, credencial para delinquir sin oposición.
Me preguntaba que era todo eso. ¿Una marcha en repudio a Bush? ¿En repudio a los alfajores Havanna saqueados? ¿A las casas de comida, video clubes, cafés? ¿Era acaso una marcha en repudio a la gente que trabaja, que se sacrifica para darle algo a sus hijos, esposas, familias? Me preguntaba por qué la policía no actuaba más rápidamente, por qué solo los empujaba y ¿hasta donde?
Los encapuchados ya habían cruzado Avenida Independencia. Destrozaron la compañía de seguros de Av. Colón y España y se metían en diagonal por la plaza de mi casa. Llegaron a la vía del tren y de allí tomaron una calle que conocían: la calle Dean Funes que conduce a la sede central de la Universidad Nacional de Mar del Plata, sede junto al estadio Mundialista de la Cumbre de los Pueblos donde estos habían estado infiltrados (digo infiltrados porque los delincuentes no tienen ideologías que discutir) días atrás.
De repente el sonido no llegaba del televisor, dos disparos hicieron que papá y yo volteáramos la cabeza hacia fuera. Dos hombres estaban en el porche de mi casa con las cabezas en el suelo y un policía cada uno con un pie sobre sus espaldas, los camiones de asalto venían de Avenida Colón en contramano por Funes y otros cortaban el peso por calle Gascón mientras motos esquivaban reporteros de todo el mundo que sacaban fotos y movileros de radios locales trasmitían en vivo desde sus celulares. Papá bajaba lentamente la persiana de la ventana y yo esperé que la casa quedara del lado del cordón policial para salir a la calle. Todo estaba teniendo su desenlace en frente de mi casa. Subían gente a un camión de la policía mientras las corridas continuaban, el "otro bando" se reagrupaba en la vía del tren para algunos minutos después invadir nuevamente la calle en busca de sus compañeros apresados. Dos helicópteros de la policía sobrevolaban el lugar.
Cuando la calma se reestablecía un vecino me comenta cómo tres hombres intentaron meterse en su casa perseguidos por la policía al verlo a él en la calle. Otro vecino limpiaba la pared ahora sucia por las marcas de una pelea a 8 metros de mi puerta. La hija de dos años de una vecina me comenta que la policía se llevó a un chico y me pregunta por qué. Tengo que decirle que por que el chico se portó mal, porque rompió lo que no era de él. Ella me contesta que eso está mal mientras yo me pregunto en que momento posterior
de la infancia nos olvidamos de esas verdades de Perogrullo. ¿Por qué nos olvidamos de lo que está bien y de lo que está mal? Le ofrezco un te en mi rudimentario francés a una periodista descompuesta por las corridas, casi un acto reflejo tratando de mejorar una imagen de una sociedad que era insalvable.
Dos horas después estaba frente a la televisión nuevamente. Veo a un ministro decir que "la inteligencia infiltrada" aconsejaba no actuar más rápido, un bombero jactándose de extinguir el fuego del banco con celeridad, un intendente apedreado por salir a dar la cara. Veo policías insultados por "reprimir" a quienes habían arruinado el sacrifico de más de cien familias.
Me pregunto cuál es la solución y no obtengo una respuesta del todo satisfactoria, me doy cuenta que Mar del Plata está viviendo un momento único en su historia y recuerdo que no todas las historias son felices.
 
 
FOTO: Detenidos en la puerta de enfrente de casa. Publicada por Diario La
Nación del sábado 5 de noviembre de 2005.

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